El niño cruzaba la calle a cada rato, de lado a lado. Sabíamos que era hijo de la señora que vende tamales. Esta zona todavía tenía mucha vegetación porque la urbanización avanzaba muy lenta. Pero cuando la señora dejó de vender su producto, ¡apareció la verdad cruda y espeluznante!
Esta es una de aquellas historias que muchas veces son guardadas con tal hermetismo que, con el paso del tiempo, son impenetrables y difíciles de ser expuestas a la luz pública.
Don Jesús, después de haber dejado su espalda (literal) y parte de sus riñones por tantos años de ser trabajador del volante en el servicio público de pasajeros, decide contarnos este episodio de su vida, y es que él lo considera interesante, porque con el antecedente de las múltiples publicaciones de este tipo de contenidos, se sintió animado para darnos a conocer esta experiencia.
Nuestro entrevistado comenta que cuando la periferia del mercado de La Sierra todavía tenía abundante vegetación o montazal, los taxis y las combis de pasajeros llegaban con frecuencia para la transportación de ciudadanos a diferentes rancherías y fraccionamientos que crecían a orilla de la carretera con dirección a Teapa, pero sin llegar a la Sultana de la Sierra.
Para ganar dinero extra, había compañeros que trabajaban más tarde y así lograban recibir a numerosos trabajadores del comercio establecido y de nuevas empresas, porque a Villahermosa ya estaban llegando famosas firmas empresariales y hacía falta la mano de obra de construcción, departamentales y algunas franquicias.
Don Chucho asegura que en esos tiempos había mucha demanda de personal para tiendas de ropa, zapaterías, mueblerías, electrodomésticos y otros giros comerciales.
Había jóvenes que estudiaban y trabajaban, y el sacrificio era necesario para obtener más recursos y convertirse en profesionales. Por eso es que había «viajes especiales» para aquellos cuyos horarios de labores eran normales y hasta para los de tiempos extras; por eso existían esas combis y taxis especiales.
El parque de La Pólvora se convirtió en un referente de aquellos que salían un poquito más tarde.
En esa zona en que nos acomodamos no había problema de estacionamiento, y ya los clientes nos identificaban para esos viajes.
Ahí había una señora que vendía unos sabrosos tamales y maneas, la cual no tenía horario de retirada porque en cuanto se terminaba su venta se iba de la zona.
Pero cayendo el crepúsculo y un poquito más de noche, cerca de ella siempre veíamos a un niño jugando de manera peligrosa, porque como no había mucha circulación vehicular… este menor cruzaba corriendo la calle, hacia el otro lado de la banqueta.
Posiblemente el niño tendría aproximadamente 10 años, pero no nos preocupaba porque esa acción de cruzar la calle la hacía corriendo y rápidamente; nosotros también podíamos ver ese extraño comportamiento.
Esa visión urbana la observamos cuando estábamos esperando pasajeros. Todos creímos que era hijo de la señora que vende tamales… pero nadie tuvo el atrevimiento de preguntarle por obvias razones, por la cercanía con la mencionada señora.
Una noche no llegó la tamalera y nos pareció muy extraño porque era infalible en su trabajo… tampoco se nos ocurrió preguntarle al niño y aumentó nuestra incertidumbre de la presencia del menor sin la señora.
Llegó el segundo día y tampoco pudimos ver a la señora de los tamales, y tampoco nos acercamos a preguntar al niño… creímos que ella llegaría más tarde… pero no fue así.
Al tercer día acudió la fémina cargando sus dos cubetas, una con tamales de caminito y la otra con maneas de chipilín y carne deshebrada.
Al mirarla y esperar un buen rato a que atendiera a su clientela, mientras veíamos al niño cruzar la calle.
En una pausa de su actividad comercial y ya no ver al niño cruzar de un lado a otro la calle, acudimos ante la enigmática señora y le preguntamos por sus dos días de ausencia… y nos explicó que se había enfermado una hija y la llevó al médico.
Como no había clientes en esos momentos le preguntamos también: «Si usted no podía venir por el motivo explicado, entonces ¿cómo era posible que su pequeño hijo sí viniera y siguiera jugando al estar cruzando la calle?».
De inmediato la fémina se pone de pie, como disparada por un resorte, y abriendo exageradamente los ojos, casi nos grita: «¿Cuál hijo? ¡No traigo a ningún hijo a mi trabajo! ¿De qué hijo me habla usted? ¡Solo tengo dos hijas!».
Para entonces la situación ya se estaba poniendo más interesante, escalofriante y espeluznante.
Le explicamos lo del niño que juega en la calle cruzándose de lado a lado y siempre está muy cerca de ella, y responde de manera espontánea: «¡Diantres! ¡Señores, no sé de qué niño me hablan! ¡Por favor, no me espanten! ¡Ahora sí me están asustando! ¡No me vaya a enfermar de diabetes!».
De nuevo le explicaron y buscaron por toda esa zona al niño y nunca lo encontraron.
Dice don Chucho que la tamalera, muy preocupada, lo platica con una comadre rezadora y ella le recomendó rociar Agua Bendita, rezar el Padre Nuestro y el Ave María, sin olvidar encender una veladora en el lugar donde han visto al niño… pero desde que se dieron cumplimiento a las indicaciones de la rezadora… nunca más se vio.
Quienes creen saber de estos fenómenos paranormales consideran que esa aparición del niño misterioso se debió a que es un angelito penando, porque tal vez cuando hacían esa obra del mercado, pudo registrarse un accidente vehicular muy lamentable.
¿Usted ha tenido alguna vez una aparición como esta? ¿Usted no teme a este tipo de fenómenos de entidades? En un supuesto caso, ¿usted qué haría?
