Carta Abierta
La llegada de Rocío Nahle al poder prometía un cambio, pero la situación actual refleja más bien un Veracruz vigilado por el miedo. Se siente en el aire una tensión espesa (esa que precede a la tormenta) donde alzar la voz se ha vuelto un deporte de alto riesgo.
Los hechos rebasan cualquier intento de maquillaje oficial y muestran una realidad cruda: el estado vive bajo un yugo que mezcla la saña criminal con la persecución institucional.
El asesinato de la maestra Irma Hernández (cuyo pecado fue buscar el sustento al volante de un taxi) a manos de la Mafia Veracruzana llevó a la indignación general. Este crimen queda como testimonio de la vulnerabilidad de los ciudadanos, más cuando una fresca Rocío Nahle aseguraba que la profesora había muerto de un infarto, como si ello hiciera menos dolorosa la tragedia. Una burla.
A este escenario se suma la condena por terrorismo contra el periodista Rafael León Segovia, un exceso judicial que busca amordazar a la prensa mediante el castigo ejemplar. Se persigue a los comunicadores para proteger la imagen de una administración que ha fracasado en todo, pero en particular en el tema de seguridad.
Ahora, el asesinato de Carlos Leonardo Ramírez Castro, el primer comunicador ultimado en este 2026, termina por dinamitar cualquier asomo de normalidad.
El horror escaló hasta el mismo panteón durante su despedida. La desaparición de Wendy Portilla y Karime Murrieta (pareja y amiga del periodista) tras asistir al funeral es inaceptable. ¿Qué clase de Gobierno permite que el luto se convierta en una trampa de desaparición forzada? La idea de que el sistema no puede ni siquiera proteger el entorno afectivo de las víctimas es el colmo de la ineptitud.
Se observa una gobernadora que opta por el rigor del látigo o que, en el peor de los casos, queda impasible ante el embate de la violencia.
Si Nahle sigue por el camino de la persecución tendrá que asumir el juicio de la historia. Si lo que ocurre es fruto de su ceguera e incapacidad, el fracaso es igual de condenable.
Veracruz encabeza ahora las listas de acoso judicial y hostigamiento contra los medios. Se percibe un clima de terror que ya nadie puede negar, donde la autoridad parece más interesada en castigar al mensajero que en detener al verdugo.
¿Acaso Nahle no se ha dado cuenta de que tiene en sus manos un estado atrapado entre el crimen y el autoritarismo? ¿Para tener esto quiso llegar a la cima de poder en el estado jarocho? Que alguien lo explique.
