¡Siempre creí que mi mala suerte no me dejaría en paz!… Me sucedían cosas extrañas en mi trabajo. ¡Recurrí a hechiceros pero no había mejoría!… Escuchaba voces cerca de mi oído y ¡me cambiaban objetos de un lugar a otro!
Don Óscar fue un viejo trabajador de una compañía nacional que proveía botanas diversas con empaque al alto vacío; eran colocadas en todos los comercios, hasta en las tienditas más remotas de la geografía estatal.
Parece fácil nuestro trabajo, pero no lo es. Por el hecho de conducir camionetas bien cargadas de estos productos, también debemos aprender de memoria todas las rutas de distribución para tener una buena precisión de llegada y salida, para que alcance el tiempo de nuestra jornada laboral del día. Pero cuando ya le entramos de lleno a la rutina, todo es menos pesado; por tanto, el tiempo apremia para así tener la existencia de nuestro producto y evitar faltar cuando ya tenemos programada por día a la semana la visita a los centros de venta.
Argumenta don Óscar que, ya retirado de esa apasionante actividad de la distribución de este tipo de botanas, recuerda con nostalgia los tiempos difíciles en temporadas de lluvia. Cuando los caminos se ponen inaccesibles, ahí es cuando los despachos a las tienditas nos trastornan la entrega. Salimos del centro de distribución general muy temprano para que nos alcance el tiempo. Todo transcurre con normalidad y vamos cubriendo la ruta ya programada.
Sin saber por qué, asegura nuestro entrevistado, me asignaron otra camioneta y yo hice la carga de los productos; me hice la cruz en señal de protección a un nuevo día de trabajo, para así cumplir y retornar sano y salvo. Recorrí diferentes tienditas, iba yo de una a otra, y es reconfortante cuando los productos escasean: los propietarios de dichos establecimientos nos reciben con buen semblante y hasta logramos breves diálogos durante la cobertura del servicio, y así nos ayudan a hacer menos pesada la chamba.
Al tercer día de estar a cargo de dicho vehículo, comencé a notar algunas cosas raras que escuchaba a mis oídos, no obstante ir solo en la unidad motriz. En algunas ocasiones pensaba que esos susurros eran de casas cercanas por donde pasaba, pero no era así. Cuando de pronto oigo voces y freno para escuchar de qué se trataban. De inmediato se dejó de escuchar, pero al quedarme parado en ese lugar todo era silencio… De pronto escucho un leve golpe en la parte trasera, veo por los espejos retrovisores y no había nadie… De tal forma que, intrigado por ese ruido, tuve que bajar del vehículo y, al revisar la parte trasera… no encontré nada anormal en la carretera, que era de tierra y grava.
De nuevo me incorporo a la camioneta y al llegar a la próxima tiendita, que era mi escala programada, ahí le pregunté a doña María si por este rumbo asaltaban porque me había pasado lo antes descrito; a lo que ella me respondió que esta zona no era peligrosa y que a lo mejor me confundí o creí que había sucedido algo.
De nuevo emprendo mi ruta y, en ese lapso a la otra tiendita, escuché ruidos en el interior de «la caja» de la camioneta y frené el vehículo; abrí atrás y, al revisarlo, no había nada anormal. Me puso a pensar ese segundo golpe en la carrocería. Ya de nuevo en el camino vuelvo a escuchar otro ruido en el interior de la parte trasera; ahora sí frené rápido, abrí atrás y me quedo observando el interior, pero tampoco veo nada que llame la atención.
El caso es que, durante tres días más en horario de trabajo, escuché esos extraños ruidos en la camioneta. Por temor a que hablen de mí, no les conté a los demás compañeros; me guardé esos sucesos y ya en mi familia lo comento a mi esposa. Me recomienda colocar albahaca y encomendarme a Dios. También ella consultó con una amiga bruja pero no hubo resultados… La situación seguía igual.
El panorama empeoró al grado que ya no era un solo golpe atrás, sino que, manejando en el medio rural y llevando la mirada al frente, escuché golpes ahora en la cabina. Al revisar de dónde salió el sonido… no había nada alterado… Solo fue un golpe leve.
En un tramo empedrado y bajo un frondoso árbol de mango, paro el vehículo y me bajo para revisar la mercancía y ¡oh, sorpresa!… Las charolas estaban cambiadas de la posición en que yo las había acomodado cuando hice la carga en el centro de distribución. Ya estaba yo nervioso porque para cambiar estas bandejas hay que abrir totalmente la puerta y sacar una por una, pero obviamente la camioneta debe estar inmóvil para realizar esas maniobras. No me explico cómo pudo pasar esto.
Al llegar a la tiendita de doña Rita, ella me notó un poco nervioso y sin concentración. También había cambiado de color, dijo ella. Me preguntó si me había pasado algo o qué era lo que me había provocado esa distracción. Me tomé un breve lapso de tiempo y le conté todo desde el principio, pensando que me habían hecho brujería. Pero siendo una señora de más de 80 años de edad, con mayor experiencia en la vida, tenía un detallito a su favor: ella sabía de estas cosas raras aunque no se consideraba bruja, y fue al grano:
—Mira muchacho, no le comentes nada a nadie. Solo averigua entre tus compañeros quién tenía esa camioneta a su cargo antes que tú y dos colegas anteriores. Por ahí puede estar el misterio y partir de algo que sucede con esa camioneta.
Así lo hice y, sin mostrar mayor interés para no despertar sospecha, platiqué con varios de mis compañeros y llegué al punto que doña Rita me dijo… Hubo un compañero accidentado, no en este vehículo, pero lo cierto es que esa camioneta durante mucho tiempo estuvo bajo su cuidado y responsabilidad. Por eso fue que, cuando me la dieron, tenía algunos pequeños objetos personales como pegatinas, caricaturas con nombres, animes famosos y otras imágenes de artistas y religiosos… Yo todo eso ahí lo dejé porque no me estorbaban.
A la semana siguiente que me correspondía atender la tienda de doña Rita, le expliqué lo averiguado y ella ya me tenía anotado en un papel lo que debía comprar y hacer para evitar otros sustos. Debía hacer dos oraciones, comprar una medallita de San Benito, quemar una velita, rociar con agua bendita, unas ramas de albahaca, romero y ruda. Hecho todo esto, se terminaron los sobresaltos en plena jornada laboral… Y guardo gratos recuerdos de agradecimiento a doña Rita.
Quienes creen saber de este tipo de fenómenos paranormales consideran que, en efecto, doña Rita, la señora de la tiendita, acertó en el remedio a esta incertidumbre de don Óscar, porque esa unidad motriz tenía impregnadas las energías del anterior chofer que, aunque no murió en ese vehículo, sí permaneció mucho tiempo ahí por el periodo que lo tuvo bajo su responsabilidad.
¿Tiene usted un coche o camioneta donde alguien falleció?… ¿Le gustaría tener una unidad motriz donde le hablen al oído y usted esté solo?… ¿Usted no cree en esas cosas raras y le gustaría ser el próximo protagonista?
