¡Adopté ese inquieto perrito que me seguía a todas partes!… ¡Lo rescaté del abandono y le salvé la vida!… Se encariñó conmigo y fue un animalito muy dócil, ¡y también él me salvó la vida!… ¡Son los perritos los mejores amigos y así me lo demostró!
Es don Mario quien siempre recuerda un perrito de los que todo mundo llama «Solovino», por aquello de que hacen química cuando el encuentro es en la calle y ninguno de los dos sabe su procedencia. Este es un recuerdo que viene a la memoria de don Mario, quien es un adulto mayor, pero nunca se le olvida aquella anécdota de cuando era un estudiante inquieto y le gustaban los perritos, aunque nunca había podido tener esa oportunidad de tener un lomito de esos.
Ahora, con la mayor insistencia de la sociedad —nos asegura don Mario—, últimamente se ha visto el esfuerzo conjunto entre la población y organismos que proclaman mayor protección a los perritos, y prevalece un mejor cuidado de estos seres vivientes. «Mis vecinos de niño y adolescente», comenta nuestro entrevistado, «ellos sí tenían canes en su patio y les servían de guardianes ante la proximidad de alguna persona ajena a su vivienda».
Destaca don Mario que, siendo un adolescente, su escuela secundaria quedaba cerca de su domicilio. Junto a cinco compañeros y vecinos, debíamos caminar aproximadamente 400 metros para salir a la carretera federal, cruzar unas barreras de concreto y luego, a unos metros, estaba su secundaria. Nuestra rutina era ir todos acompañados para no tener problemas con adultos y otros estudiantes.
Un día de esos, salí tarde de mi casa y me quedé atrás por buscar unos cuadernos que no encontraba, pero mis compañeros ya iban adelantados y con mucha prisa intentaba alcanzarlos. Lo cierto es que ya se hacía tarde para la entrada de la secundaria; de pronto, aparece en mi camino un perrito que comenzó a caminar junto a mí… Levantaba la cabeza y me miraba como diciendo: «¡…Vamos!… ¡Vamos!… ¡Aprisa para llegar rápido a la escuela!».
De pronto, como leyendo mi pensamiento, el perrito comenzó a acelerar sus pasos y, de la misma manera, yo lo seguí y ya íbamos los dos corriendo. Logramos llegar a la carretera y esperar para cruzar unas barreras de concreto que dividen los carriles de ida y vuelta. Este perrito que me acompañó hizo lo mismo que yo y esperamos a que no pasara ningún vehículo y logramos pasar.
Después de terminar mis clases, todos salimos y nos reunimos para volver a nuestros hogares… Allí, junto a mí, venía «Solovino» y es que mis compañeros se dieron cuenta de esa acción del perrito junto a mí y todos lo respetaron sin hacerle travesuras… Ya éramos siete los que caminábamos juntos de ida y vuelta a la escuela. La rutina de lunes a viernes fue esa misma: mis amigos, el perrito y yo. Era clásico que la gente mirara todos los días este grupito de estudiantes en el rumbo de esta villa.
En una ocasión, volví a atrasarme por el descuido de un cuaderno de tareas y mis amigos ya me habían llamado desde afuera para apurarme, pero les respondí que tenía extraviado mi cuaderno y los alcanzaría… El perrito estaba afuera de mi casa esperándome para acompañarme y me ladraba fuerte en señal de que me apurara para no llegar tarde o quedar afuera del portón.
Logré encontrar el cuaderno y nos fuimos corriendo, pero por la prisa tuvimos poca precaución al tratar de cruzar la carretera. Mi perrito iba adelante marcándome el paso para llegar… De pronto, por ir volteando a ver si venía atrás de él, tuvo un descuido y, cuando estuvo a punto de ser atropellado por irme cuidando, tiré mis útiles escolares y me lancé sobre el perrito, al que sujeté, porque por un poquito más y lo atropella un coche.
Lo abracé y lo cargué en mis brazos por el miedo de que tuviera un accidente. Ya me había encariñado de este lomito que de verdad se había convertido en mi acompañante y amigo. Cuando hacía la tarea por la tarde en el patio de mi casa, ahí estaba echado a un lado mío y no dejaba que nadie se me acercara para no interrumpir mi tarea. Al terminar mi encomienda escolar era cuando yo iba al comedor y le invitaba de mi comida. Cuando en las mañanas, al ir a la escuela, también iba junto a mí y de mi lonche sacaba una porción y le convidaba mientras caminábamos rumbo a la escuela. Este perrito se quedaba cerca de mi secundaria y durante todo ese tiempo ahí estaba esperándome hasta mi salida.
Un día tuve que quedarme unos minutos en el salón porque le entregué unos trabajos pendientes a mi maestro y así obtener más puntos para mejorar mis calificaciones. Mis compañeros se habían adelantado y yo, con tres alumnos más, tardamos en salir mientras entregábamos trabajos atrasados. Fui de los últimos y, ya con mi mochila en la espalda, encontré a «Solovino» que me esperaba en el portón de la escuela… Nos acompañamos y nos fuimos a mi casa. Hice la tarea y, al terminar, me puse a jugar fútbol en el patio.
Llegó la tarde y ya me puse a hacer algunos trabajos domésticos que me instruyó mi mamá Lulú y, cuando salí, noté que ya no estaba el perrito y lo busqué por todo el rumbo y no pude dar con él… No sabemos dónde pudo meterse. Al día siguiente, no escuché como todos los días a «Solovino»… Esa ausencia también le pareció extraña a mis compañeros estudiantes que preguntaron por él. Así nos fuimos y todos en el camino íbamos mirando para todas partes, pero fue infructuosa la búsqueda.
Entramos al salón y yo realmente no estaba concentrado en las clases, estaba pensando en mi perrito… Ya quería que terminaran las clases para volver a buscarlo por todo el poblado. Le dimos vueltas a todo el edificio de la secundaria y no dimos con el lomito. Mis demás compañeros ya se habían retirado, pero yo me quedé más tiempo buscándolo. Ya cansado, sudado y exhausto por la búsqueda, tomé mi mochila y me dispuse a volver a mi casa.
Cuando yo estaba en medio de la carretera, próximo a cruzar del otro lado, había mucha circulación vehicular y no sé cómo, no pude ver la presencia de un coche que era tapado por una camioneta y me dispuse a cruzar… ¡Cuando de pronto siento un tirón de mi mochila que me hace retroceder y vuelvo al mismo lugar sin cruzar la carretera!
Volteé a ver quién me había jalado de mi mochila para darle las gracias… ¡Oh, sorpresa!… ¡No había nadie atrás de mí!… Entonces me pregunto: ¿quién pudo jalarme de la mochila si estaba solo en ese lugar?
«Estaba yo», dice don Mario, «solito en ese espacio entre las barreras de concreto que dividen la carretera… ¡No había nadie más que yo!… ¡Solamente yo!!!»
Ahí tardé parado en ese mismo lugar sin moverme. ¡No daba yo crédito a lo que había sucedido porque de no ser por ese jalón en mi mochila, un coche pudo atropellarme! Después de un buen rato reaccioné y crucé la carretera. Ya estando en mi casa volví a buscar a mi perrito y nunca más lo encontré… No me explico qué pudo haber sucedido.
Quienes creen saber de estos fenómenos paranormales consideran que la energía de «Solovino» pudo estar impregnada en sus ropas y, tal vez, el perrito pudo haber sido atropellado por ser un crucero muy peligroso… Y como ya había convivencia entre los dos, se había constituido un fuerte lazo espiritual, de amistad y entretenimiento entre estos dos seres vivos… Recordando que los perros tienen más sensibilidad y pueden olfatear, ver y presentir situaciones que están por suceder.
¿Usted tiene un perrito de la calle y ya lo adoptó?… ¿A usted le agradan y quiere a los lomitos?… ¿Ya tuvo usted una experiencia parecida a esta historia?
