¡Trabajé con muchas dificultades pero cumplí mi encargo a pesar de todo!… ¡Yo no sabía el porqué de esas actividades extrañas!… ¡Me perturbó la concentración pero fui el vendedor!… ¡Esas «cosas» sí existen porque sufrí sus travesuras!!!
Con una sonrisa casi disimulada, mirada muy segura, voz firme y sostenida, don Abelardo dio inicio a su historia que hoy nos comparte para que podamos aprender algo de su experiencia, que es común en todos los rincones de este trópico húmedo.
Nuestro protagonista es carpintero de oficio, del que presume tener mucho prestigio por sus acabados y toques finales a sus encargos en el rubro de la mueblería. Don Abelardo sostiene que, cuando da inicio a un trabajo, procura tener todas las herramientas adecuadas para evitar sorpresas o fallas en el tratamiento de la madera. Así que hizo la selección de sus utensilios para no perder tiempo o ir a comprar, porque siempre mide el tiempo y los compromisos.
En eso estaba en su taller cuando llegó el señor Rafael, viejo conocido de infancia que vivía en otro pueblo un poco distante de la villa donde quedaba su taller. Después de los saludos y recuerdos intercambiados, don Rafael le propuso a don Abelardo que le hiciera un comedor de ocho sillas de la madera de un árbol de cedro que había cortado unos meses atrás. El carpintero afirmó estar en la mejor disposición de realizar el trabajo, al tiempo que acuerdan satisfactoriamente el costo de dicha elaboración y su tiempo de entrega.
Tal y como pactaron entre estos dos amigos, Rafael y Abelardo, el primero llevó los tablones a la carpintería para que el segundo comenzara a darle forma al comedor. Transcurrieron los días y, cuando don Abelardo pensó que sería «pan comido» la elaboración del mueble… el tiempo le estaba «comiendo» el plazo comprometido.
Y es que este maestro carpintero, por primera ocasión en toda su trayectoria, no sabía lo que sucedía en el interior de su propio taller… ¡Las herramientas se extraviaban!… ¡Caían del banco de trabajo!… ¡Cambiaban de lugar cuando momentos antes las dejaba en un determinado sitio!… ¡Se derramaba la lata de pegamento amarillo!… ¡Se borraban en la libreta las medidas de los lienzos de madera!… ¡Se desprendían piezas ya ensambladas!
—Durante dos días esta situación me confundió y traté de encontrarle el lado bueno porque algo raro estaba sucediendo en mi taller… y ni a quién echarle la culpa porque yo trabajé siempre solo —aseguró don Abelardo.
Ya fastidiado de todo esto, se lo platiqué a mi esposa y ella prometió consultar con una comadre que entiende de eso de las brujerías y montes. Pasaron dos días; la recomendación que le dieron a mi esposa Camusha era hacer fuertes oraciones, colocar albahaca en la entrada y rociar agua bendita en todo el taller, y que, estando solo, hablara como con «alguien» y preguntara: ¿Qué quieres?… ¿En qué puedo ayudarte?… ¿Quieres hacer llegar algún mensaje a alguien?… ¿Déjame trabajar tranquilamente para cumplir mis compromisos?… ¿Retírate de mi fuente laboral o, de plano, podemos convivir pero no alteres a mi familia y tampoco mi trabajo?
Hizo todo al pie de la letra y las cosas fueron cambiando. ¡Don Abelardo asegura que no lo podía creer!… Pero, ya más tranquilo, los objetos dejaron de caer al piso y tampoco cambiaban de lugar… Tan solo escuchaba unas casi imperceptibles risitas a las que yo respondía de la misma manera… ¡Claro!… ¡Sin tratar de volverme loco!… ¡Esa energía ahí estaba!
Logré por fin terminar el dichoso comedor, por cierto muy elegante en su acabado, y grande fue la sorpresa para don Rafael, quien me abrazó muy fuerte por tenerle listo su encargo. Pero una curiosidad no me dejaba en paz y le pregunté a don Rafa:
—Oye, amigo, ¿qué pasó con el árbol de donde sacaste los tablones?
Y la respuesta no se hizo esperar de parte de don Rafael:
—Mira, amigo… este era un árbol muy grande y viejo en el patio de mi casa, y ya me causaba problemas con mi familia porque junto a él veían un duende y su presencia asustaba a mis nietos… ¡Esa es la razón!… Por ese motivo terminó en tablones y ahora en un comedor.
Satisfecho, don Abelardo entregó el comedor y sus ocho sillas, y se las llevó don Rafael a su casa. Dos días después, don Abelardo, ya sin el comedor en su taller, le preguntó a su cliente si había algo raro con ese mueble estando ya en su hogar, y la respuesta fue que… ¡Nada, en absoluto nada!
Calladito se quedó el maestro carpintero… porque en su taller siguieron esos movimientos extraños de risitas, caída de herramientas y cambios de piezas… pero ya se acostumbró y lo resuelve «regañando» a esa entidad que no se fue con el comedor. Aprendió a trabajar con esa energía y ya ni caso le hacía. Años después, por la edad y el descanso familiar, cerró el taller.
Quienes creen saber de estos fenómenos paranormales consideran que esas energías residuales quedaron impregnadas en la madera, no obstante su transformación física.
¿Tiene usted un mueble de madera con características similares?… ¿Siente usted que la madera retiene este tipo de energías?… ¿Le gustaría tener y convivir con una cosa extraña igual?
