¡Los chamacos corrían despavoridos! ¡Creían que ese «alguien» venía atrás de ellos! ¡Nunca voy a olvidar sus caritas impregnadas de terror! ¡La montaña tiene «dueño» y, si no la conoces, mejor ni retes a lo desconocido!
Este es un caso espeluznante narrado por don Alejandro, un viejo chofer de tráiler, ya retirado de este delicado oficio de la «manejada» con carga diversa de un lado a otro. Se frota las manos como reflejo recordatorio de «aquello» que le sucedió a esos cinco jóvenes universitarios a los que, sin querer queriendo, pudo auxiliar en los momentos en que él, con su carga, pasaba por ese tramo carretero y los sacó de esa zona donde habían pasado el trago amargo de sus vidas.
De manera detallada, los muchachos le fueron contando a don Alejandro la pesadilla vivida en el interior de esa área montañosa de la sierra tabasqueña hace más de diez años. Don Álex, como fue conocido en el ámbito de la «choferada» de tráiler, escuchó atentamente a estos jóvenes asustados cuando ya viajaban en el interior del camión de carga.
Acordaron los cinco jóvenes ir a un rancho abandonado que cuidaba el tío de Jorge; y decimos «cuidaba» porque este familiar daba mantenimiento a «la casona» de unos vecinos que mensualmente le enviaban un dinerito con tal de que ninguna persona ajena invadiera la propiedad, aunque sus propios dueños tenían años de no visitar el lugar debido a un conflicto interno por la disputa legal del inmueble.
Jorge habló con su tío Amílcar y este, considerando que no existía ningún inconveniente, recibió a los muchachos, quienes, después de una «talacha» a la casona, acordaron no habitarla; en cambio, se instalaron en una tienda de campaña muy grande.
Llegado el crepúsculo, don Amílcar les «cantó» la cartilla para evitar problemas durante la estancia, como no salir del perímetro acordado para que no fueran a perderse al querer buscar aventuras donde no conocen. Don Alejandro recuerda muy bien que estos jóvenes tenían como propósito disfrutar de una buena convivencia estudiantil: una charla en medio de la oscuridad, saber qué se siente en un lugar ajeno a su diario acontecer, pero principalmente hacer videos de la noche, la madrugada, el amanecer y todo el entorno de imágenes y sonidos de la naturaleza. Para ellos, esto era una experiencia nunca vista ni vivida.
A medida que avanzaba la noche, creían que ningún factor externo desviaría la atención de su propósito inicial: estar en contacto con la vegetación. Hicieron una fogata y dieron trámite a unas carnes asadas, chistorras, longaniza, chorizo argentino y hasta una docena de plátanos maduros, además de los clásicos refrescos de aguas gaseosas con esencia de cola.
El tiempo transcurría y todo estaba en aparente calma, en un ambiente salpicado de temas universitarios: maestros buenos y malos, artistas y música de moda, asuntos familiares, aspiraciones después de concluir los estudios, las chicas y sus noviazgos. La plática fue interesante y estaban cumpliendo con el plan de esta excursión para hacer videos relevantes que solo ellos tendrían en esta aventura. Un detalle en el que todos coincidieron era evitar el alcohol o las drogas para no desvirtuar el compromiso principal.
Ya el sereno de la madrugada los obligó a meterse todos a la tienda de campaña y a hacer una «guardarraya» donde estaba la fogata. Ya en el interior, todos se acomodaron y la plática continuaba; sus expresiones se podían escuchar a cierta distancia, de tal forma que el tío Amílcar fue visto, y también él se hizo notar que estaba cerca para darles mayor seguridad y confianza a este rebaño universitario.
La intensidad de la noche era elocuente, pero nadie sacó el tema de algún fantasma o algo siniestro porque el entretenimiento era agradable y, en la estructura plástica de la tienda, se reflejaban algunas sombras producidas por las llamas de la leña encendida. De pronto, escucharon el quiebre de una rama seca y el canto de alguna ave nocturna que los puso nerviosos. Nadie se animó a salir del interior; todos tenían una sola interrogante: ¿quién será?
¡Se repitió el quiebre de otra rama en el exterior, pero desde otro ángulo! ¡Muy cerca de ellos fue claro el sonido que emite una lechuza! ¡Después, hubo un golpe fuerte en un árbol y empezó a subir la presión corporal!
¡Decididos estaban a salir todos al mismo tiempo cuando, de repente, ven sombras de manos y brazos afuera de la manta de la tienda que, con ayuda de la fogata, produjeron una mayor dimensión de «eso» o «alguien» que estaba afuera!
¡En voz baja acordaron salir al mismo tiempo y despejar las dudas! ¡Salieron rápido con lo que pudieron tener a la mano para enfrentar a «esa cosa» que los acechaba y gritaron tan fuerte que retumbaron sus cuerdas vocales en toda la zona!
¡No había nadie! Pero, al revisar alrededor de la tienda de campaña, observaron en la tierra rastros de pisadas extrañas… ¡No de personas! ¡Eran huellas de pezuñas sin saber de qué animal! ¡Algunos objetos dejados afuera estaban revolcados y no en el lugar donde se dejaron originalmente!
Fue tanto el escándalo que el tío Amílcar acudió de inmediato y fue enterado de lo sucedido. Fue entonces cuando el custodio de esa hacienda abandonada les dio una buena regañada por no obedecer y no quedarse en el interior de «la casona», y el miedo subió de volumen porque se enteraron de que en esa hacienda desaparece el ganado, hay apariciones siniestras y cosas misteriosas.
El tío Amílcar los acompañó para que tomaran el camino de vuelta. Los dejó unos 200 metros antes de salir a la carretera. El tío se despidió de ellos y, aunque faltaba muy poco, todavía había una espesa vegetación en ese tramo hasta la vía principal. ¡Todos echaron a correr! ¡Rápido, rápido! ¡No miren hacia atrás!
¡Esos 200 metros les parecieron una eternidad! No pararon hasta llegar a la carretera y, por la velocidad y el impulso del miedo que llevaban, estuvieron a punto de rebasar el espacio hacia la vía. Fue en esos precisos momentos cuando yo estaba pasando y los alcancé a ver; de primer impacto, me sorprendieron por su angustiada situación y el terror en sus rostros.
Don Alejandro asegura que nunca había visto el rostro desfigurado por el terror en algunos jóvenes como en estos muchachos y, por tanto, hizo sonar el claxon para que lo alcanzaran unos metros más adelante para sacarlos de esa zona. Trastabillando y como pudieron, subieron al tráiler y se acomodaron en el asiento junto a él y otros en el camarote; así fue como le contaron esa terrible experiencia que marca sus vidas… Y todo por buscar hacer un video, siendo ellos mismos los protagonistas de su propia historia.
Quienes creen saber de estos fenómenos paranormales consideran que, al internarse en una montaña, los muchachos inexpertos pudieron ser objeto de la aparición de algunas «energías» que guarda la naturaleza, máxime cuando ese lugar estaba abandonado y algunas «entidades» se apoderan de estos espacios.
¿Usted ya tuvo una experiencia parecida en una de sus vacaciones? ¿Le gustaría que sucediera algo similar en las próximas vacaciones de Semana Santa?


