Eufrosina Montelargo y Rizado se despertó en la madrugada, en su pocilga del fraccionamiento «Gracias México», sección «De nada Cuba», debido a que sintió un fuerte olor a podrido.
Rápido pensó que su esposo, Nauseabundo Batiste, había ensuciado nuevamente la trusa; lo revisó, pero no, por primera vez en tantos años de juntados, estaba más limpia que la situación en el IEPCT y que la combi en la que viajaron al evento en el Olímpico (por coperacha, como dijo Selván).
Al espiar por un hueco de la puerta, comprobó que sus vecinos estaban afuera, en chones, alarmados, diciendo que era nuevamente el olor a hidrocarburo emitido por los mechones de Pemex.
Mientras un vecino vomitaba (no sé si porque estaba jumo o por el insoportable aroma), otro aseguraba que escuchó que se trataba de «las corridas del Diablo».
¿Corridas del Diablo? —pensó Eufro—, ¡pa’ su ma’!, ha de haber pasado el Diantre con toda su familia, hasta con el diablito de Derbez.
La Montelargo y Esponjado (a esa deshora lo cargaba más suelto y alborotado que la Trevi) quiso prender la luz pa’ cambiarse y salir a practicar el deporte que tanto nos caracteriza a los chocos, el chisme, pero se dio cuenta de que, por enésima vez, la desgraciadísima CFE se las había cortado y más rasa que a su pior es nada.
A oscuras se medio vistió, se puso el calzón al revés y se ensartó una bata, casi tan transparente como el salario mínimo; quiso tomar un vaso de agua pa’ enjuagarse la resequedad de la boca, pero no salía ni una gota de la llave, y esa fue la gota que derramó su vaso de bilis y comenzó su largo y extendido rollo de doble hoja, de mentadas de madre en contra de Pemex, CFE y SAS o quien CEAS.
De volada levantó a Nausea y le dijo:
—Tráete la taza de baño, así llena, no hay agua, y los bloques, porque vamos a bloquear otra vez la carretera; a ver quién se cansa, si ellos o nosotros.
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